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ISSN 1989-4163

NUMERO 31 - MARZO 2012

El Circo de Dios

Ana Márquez

 

“Si quieres ser feliz, no te importe que te crean tonto”.
Lucio Anneo Séneca

 

Hace un par días estuve mirando un documental cuyo título, “El circo de Dios”, cazó mi atención como un cepo. Reconozco que cuando comprobé que se trataba de un reportaje muy bien realizado sobre esa tradición tan americana de los predicadores ambulantes me sentí un poco decepcionada, pues es un tema que me trae un poco al fresco. Aún así, decidí verlo por si tenía algo que enseñarme. Nunca se sabe.

El documental mostraba imágenes bastante espectaculares en las que masas de fervorosos creyentes entraban en un éxtasis frenético al ritmo que les marcaba una música atronadora y un vociferante predicador con micrófono y gomina. Muchos gritaban, otros parecían desmayarse y otros se agitaban violentamente al contacto con la mano del predicador que afirmaba (sin ningún empacho) ser el “canal” del poder de Dios. Sea como fuere, parecían pasárselo en grande.

Entiendo que el único poder del que dan cuenta estas imágenes es el de la sugestión, que, si es colectiva, puede llegar, como se ve en el documento, al paroxismo. En otras palabras, si tú ves que a tu alrededor todo el mundo empieza a temblar y sufrir convulsiones, caben muchas posibilidades de que tú, dependiendo de tu grado de impresionabilidad, acabes convulsionando también, aunque sólo sea por no desentonar.
Asimismo, está documentado, incluso ya por la ciencia médica, la fuerte influencia que ejerce la actividad mental y, por tanto, la autosugestión, sobre el organismo, un poder éste capaz en casos extremos de curar o producir un cáncer. Siendo así, no me extrañaría que alguno de los muchos casos de supuestas curaciones milagrosas que aparecen en el documental fuera auténtico, aunque la sanación tuviera lugar por causas distintas a las que el enfermo supone.

Mi teoría personal al respecto es que nadie necesita en realidad un "guía" espiritual (llámesele predicador, sacerdote, chamán o gurú). Opino que cada cual puede, si lo desea, buscar la transcendencia dentro de sí mismo, sin la ayuda de factores "externos", puesto que dentro de cada uno de nosotros reside un "maestro interior" que nos llevará, si sabemos escucharle, a esa fuente última de conocimiento. Sólo basta un poco de silencio y muchísima práctica. Este es un punto (el famoso “conócete a ti mismo” de Sócrates) en el que asombrosamente convergen la mayoría de las religiones y ésta es también mi opinión personal, consecuencia sólo de mis reflexiones, de algunas erráticas indagaciones sobre gnosis y filosofías orientales y de mi propia experiencia.

Una opinión personal que, como cualquier otra, puede estar perfectamente equivocada.

Resumiendo, que yo no asistiría jamás a uno de estos espectáculos religiosos...  Pero entiendo que otros lo hagan. Entiendo que la gente es vulnerable y necesita ayuda, que necesita algo a lo que aferrarse para no caer en el abismo de la desesperación, una desesperación que puede tener mil rostros pavorosos. La gente necesita alguien que
escuche y un apoyo firme del que muchos carecen. Los predicadores son más baratos que los psiquiatras (sobre todo en Estados Unidos) y, en la mayoría de los casos, más efectivos. Es evidente que toda esa gente que acude a estas carpas ambulantes buscando un poco de luz y esperanza procede de extractos sociales muy bajos, con muchísimos problemas económicos, familiares, de salud (recordemos que en USA la sanidad es artículo de lujo) y de otra índole. No me imagino a ningún multimillonario asistiendo a estos eventos precisamente porque el multimillonario se puede procurar otro tipo de consuelo más exclusivo y refinado.

En el documental, por ejemplo, aparecía una chica muy sonriente asegurando que” desde  que conoció a Cristo” dejó las drogas y el alcohol, estaba mucho más sana y vivía en una felicidad constante. Era tan pobre –lo había sido siempre- que vivía en su coche, pero al menos se había quitado de encima el terrible problema de las adicciones. Otros se pueden permitir una clínica de desintoxicación, pero ella no, el resultado fue el mismo, sólo que “Cristo” es más barato. También pude ver a un anciano humilde con la mirada más calma y serena que jamás se ha cruzado en mi camino (me quedé a dos centímetros de la envidia), un señor que había dedicado toda su vida a ayudar a los predicadores y aseguraba, lenta, amablemente, que se sentía pleno y en paz, algo de lo que su porte y gesto hablaban sin palabras.

¿Que el anciano y la chica se autoengañan? Seguramente ¿Y quién no? Todos lo hacemos de alguna forma, desde el que vota a un partido político con la vana ilusión de que, una vez en el poder, solucionará todo sus problemas, aunque la experiencia y la Historia muestren lo contrario, hasta el que se casa convencido de que su amor será eterno (las estadísticas son desoladoras al respecto), pasando por el que se traga el slogan de cierto spot publicitario que proclama el poder de determinada marca de chicle para cambiar la vida del iluso que lo mastica (¡¡). Pero el iluso muerde el anzuelo y se lo compra, aunque sea más caro que otro de cualquier otra marca o precisamente por eso.

De hecho, el mundo de la publicidad supone un auténtico filón cuando se trata de demostrar que todo, absolutamente todo, es engaño y autoengaño en esta “culta” e hiperinformada sociedad occidental del siglo XXI. Vamos de listos, pero en realidad no lo somos, nos dejamos manipular por las mil argucias del merchandising porque en el fondo queremos ser engañados, queremos que nos hagan creer que el mundo feliz de los anuncios es posible, necesitamos creerlo. Muchos de los que van por la red tildando de tontos e ignorantes a esos creyentes pobres y enfermos que siguen a los predicadores buscando algún alivio que no consiguen de otro modo, no tienen reparo en gastarse una pasta en un móvil de última generación sólo porque lo anuncia Fulano De Tal y eso les permite sentirse, ilusoriamente, menos insignificantes. Y la treta debe funcionar porque de otro modo las grandes compañías no se gastarían una y otra vez millones de dólares en contratar a un personaje célebre para anunciar sus productos cuando podrían contratar por mucho menos dinero a un actor desconocido. Si lo hacen es porque la inversión vale la pena. Pero, por supuesto, los que se compran el móvil, la cafetera o el coche sólo porque los anuncia Fulano De Tal no son ignorantes. Ni tontos.

Si todos vivimos de algún modo fuera de la realidad y muchos lo sabemos, ¿por qué nos importa tanto que esta gente del documental lo haga también a su modo?

Mi lema es: "¿A ti te sirve? Pues sigue ahí". Si esta gente es feliz así, si su fe les aporta un poco del alivio físico y mental que no pueden conseguir de otro modo, no seré yo quien les libere de su felicidad ni mucho menos me enrolaré en ninguna agresiva militancia contra ellos. ¿Que les sacan el dinero? ¿Acaso no nos sacan el dinero a todos cuando vamos a un bar a cambio de una "pequeña felicidad" como es tomar unas copas con los amigos, cuando vamos a una tienda a cambio de la mínima felicidad de comprarnos la blusa, el libro que nos gusta? Esta gente recibe una "gran felicidad" a cambio de unas monedas (bastante menos de lo que cuestan unas copas, un libro o una blusa). Es lo mismo o mejor, una mejor transacción. Al menos para ellos.  

¿Que los predicadores se lucran a su costa? También lo hace el que vende alcohol y tabaco a costa de nuestra salud y su negocio no nos parece tan horrendo aún siéndolo. Es cierto, los vendedores de tabaco no tratan de mentirnos, ellos avisan amablemente en las cajetillas del error que el fumador comete al consumir su producto, pero ya se encargará nuestra innata capacidad para autoengañarnos de fabricar un muy socorrido: “bueno, el cáncer es eso que sólo les pasa a los demás”.

No trato en ningún modo de elaborar una apología soterrada del oscurantismo ni mucho menos enzarzarme en otro estéril debate sobre la existencia o no de lo invisible. Esa es otra cuestión y ya hemos quedado en que cada cual cree lo que desea creer. A esto ayuda bastante el hecho de que sobre la verdad última de las cosas nadie tenga más que una idea muy remota o distorsionada.

En última instancia ¿qué es lo peor que les puede pasar a estos efusivos creyentes del documental? ¿Que cuando llegue su muerte se den de bruces con la Nada? Bueno… sospecho que la “decepción” no será muy grande, al menos no tan grande como la de los ateos, en caso de ser ellos los equivocados. Lo que cuenta es que en vida fueron felices a su modo, como los descreídos lo son al suyo y aquí estamos, de eso sí estoy segura, para ser felices. O al menos intentarlo.

Debemos ser conscientes de que hay personas, demasiadas, que lo único que tienen es su esperanza. Quitarle a alguien lo único que tiene, si no dispones de nada mejor para ofrecerles a cambio, me parece el más abyecto de los robos.

No seré yo quien lo haga.

 

El circo de Dios

 

 

 

 

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